miércoles 26 de mayo de 2010

UN MAR LLENO DE CORDERITOS

Corrió desde la posada en que había dormido hacia el puerto. Al cruzar la avenida principal, no vio que el hombrecito del semáforo estaba rojo y siguió corriendo a la máxima velocidad que le daban las piernas.


Llegó tarde al horario previsto de zarpada y asumió la guardia sin haber visto a nadie a bordo. Él mismo largó las amarras y la máquina dio al barco la arrancada suficiente para una buena maniobra. Los equipos de navegación ya estaban en marcha cuando llegó.


La niebla cerrada apenas permitía ver la proa de la embarcación, aún así, la buena profundidad del puerto permitió la salida, aún con visibilidad cero. No había viento. De guardia en el puente de mando era navegante y timonel.


A mediodía abrió la niebla. El mar y el cielo tenían el mismo color celeste grisáceo, a tal punto que no se distinguía el horizonte. Ni siquiera una leve brisa. Nada. Mar espejo. Se escuchaba el ronroneo de la máquina y la proa cortando el agua.


Pasaron las cuatro primeras horas y nadie aparecía en el puente para tomarle la guardia. No se preocupó, no tenía otra cosa que hacer y estaba acostumbrado a trabajar duro. Sentado en el banquillo del timonel, vigilaba la proa y tomaba té. Rumbo Este hacia la zona de pesca.


Pensaba en su futuro. Hacía cálculos de lo que podía ahorrar en cada navegación y soñaba con la casa que construiría para él y sus padres. No soportaba que estuvieran de pensión en pensión sin un lugar propio donde caerse muertos. También pensaba en su novia. Los marinos tienen esa cualidad especial de pasar largas horas en paz, pensando. De vez en cuando un cigarrillo.


El mar comenzó a llenarse de corderitos. Una espuma blanca contorneaba la cresta de las pequeñas olas que se insinuaban del Sudeste. El horizonte se diferenciaba bien.


El mar comenzó a virar al azul y el cielo al celeste. El barco, bien marinero, apenas notaba el cambio. Ya no se veía la costa y no se avistaba ningún otro barco.


Transcurría la tarde. Las nubes cubrían el cielo, se encapotó. El mar se tornó gris y el cielo también. La espuma blanca se derramaba por el lomo de olas cada vez más largas y profundas. El Saulo subía y bajaba. Sin problemas, nada preocupante. Era cuestión de mantener el rumbo.


Al atardecer, se afirmó el viento y comenzó a soplar con fuerza. Las olas rompían sobre la cubierta y el agua se escurría por los trancaniles. La proa levantaba y al caer se sumergía en el mar. Vibraba la estructura del barco y volvía a subir. Las cuadernas crujían.


El mar se veía blanco y el cielo negro. Se escoraba a babor, quedaba esperando, adrizaba y se escoraba a estribor. Todo a la vez, arriba, abajo, babor, estribor. Sus piernas hacían fuerza para no perder el equilibrio y debía aferrarse al timón para no caerse. Anocheció y el viento no cesaba. Las olas crecían y el pobre Saulo se montaba, temblaba y caía de proa al mar.


Pasaban las horas y nadie subía al puente para tomar la guardia. Nunca en su vida se había mareado. Podía pasar días enteros de temporales que en lugar de quitarle el hambre, lo motivaba para comer. Ni la soledad en la inmensidad del océano le hacía mella.


Así son los marinos, fuertes como los barcos.


El Saulo seguía en el mismo punto, poniéndole la proa a la tormenta, sin avanzar. Él sabía que si la máquina dejaba de propulsar el barco se atravesaría a la dirección de las olas y sería el fin. Pero nada, seguía ronroneando. El barco se incrustaba en el mar y volvía a salir. Cabeceaba se escoraba.


Así son los barcos, fuertes como los marinos.


Cuando las olas comenzaron a romper contra el frágil puente de madera, él simplemente rezó. Sabía de cabo a rabo la plegaria a la patrona del mar: Oh! María, estrella esplendorosa de los mares, que derramas el fulgor inagotable de tu gracia sobre la inmensa soledad marina, protégenos piadosa de los embates del mar y de las tempestades del alma…. Así rezó. Una y otra vez.


Horas atrás, cuando cruzó la avenida principal, no había visto que el hombrecito del semáforo estaba rojo. En el minuto que siguió con vida, imaginó que corría a la máxima velocidad que le daban las piernas, zarpaba en el Saulo y como se merece un marino, desaparecía en el mar. Rezando. Sin miedo.


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