lunes 31 de mayo de 2010

EL FURGON DE COLA - Cuento

Durmió en la plaza, a la intemperie. Lo cobijó una niebla tibia y la luna lo iluminó desde la copa de los árboles. El tronar de los convoyes de trenes se alejó con el transcurrir de la noche, hasta perderse en el silencio.
Sus sueños se descarriaron sin control. Ningún recuerdo del pasado lejano volvió a su mente, sólo avatares de ese último día: el perro que lo despertó con sus ladridos, las hojas fastidiosas que avivaron la alergia, el pan rancio envuelto en papel de diario y los trenes grises que se cruzaron de ida y vuelta. Vivencias intrascendentes de su hospedaje a cielo abierto. Ni siquiera un hilo de nostalgia lo aferraba a su existencia.
Ese día se despertó temprano, todavía de noche. Recorrió varias veces el contorno de la plaza lindante a la estación de trenes. Acarreaba a su costado una imaginaria bicicleta, con la mano izquierda sobre el asiento y la derecha en el manubrio. Le habló como se habla a un amigo, con afecto y con la cruda verdad.
De edad indescifrable, caminaba levemente encorvado hacia delante, con su barba canosa y desprolija. Gorro de lana gruesa hasta las orejas y guantes sin dedos. La hondura de sus rasgos como testimonio de duras experiencias de vida y sobre los hombros una vejez prematura. Los transeúntes lo escuchaban sin oírlo, lo miraban sin verlo y lo esquivaban como mejor podían.
- Ten paciencia, falta poco – le dijo el viejo vagabundo a su ficticia y herrumbrada bicicleta, mientras escudriñaba temeroso a las personas que se cruzaban en su camino.
No necesitó reloj para saber la hora, le bastó la puntualidad de los trenes. Desde el primero de la madrugada, esperó que pasaran cinco y se subió al sexto, exactamente a las siete de la mañana. El tren arrancó hacia la estación terminal con cuatro paradas previstas por delante.
Ese era el último furgón, el que no lleva asientos. Un largo hueco de acero, vacío de todo contenido. De unos caños plateados penden los ganchos para colgar bicicletas. Quedan pocos en servicio de estos antiguos vagones de ventanas cerradas, sin lumbreras ni extractores. Calientes en verano, helados en invierno. Fantasmas estrepitosos que se zarandean al final de las formaciones y en las paradas suelen quedar fuera de los andenes, como postergados en el tiempo.
Simuló colgar su inseparable bicicleta de uno de los ganchos del techo y se sentó a su lado, en el piso. Las puertas cerraron herméticas y recién entonces se sintió seguro, alejado de la gente y de los perros.
El tren recorrió el tramo hasta la primera estación, mientras el viejo seguía ensimismado en sus vacuos pensamientos. Solo entre los solos, apesadumbrado, con la mirada clavada en el piso y la única dicha de sentirse contenido en el encierro.
El convoy avanzó raudo sobre la trocha ancha que corre recta a nivel del suelo. Los rieles y los tirantes de roble se asientan a su paso y se vuelven a alzar, en un suspirar profundo eternamente repetido. A un lado, el caserío chato y humilde cubre parcialmente la vista del río color león. Del otro lado, los coloridos grafitis de personajes extraños y deformados adornan los murallones de las mansiones del bajo.
Distraído, el viejo canturreó una balada improvisada, con corcheas saltarinas, fusas escurridizas y negras consentidas. Entonado, seguro, con una voz que sabía lo que hacía y un corazón que la acompañaba con sus latidos. El don musical se atrincheraba en algún rincón de su mezquino cerebro.
Subieron tres personas en la primera estación. Un hombre de cuarenta con un contrabajo enfundado, un joven de veinte con impecable uniforme del ejército y un niño pordiosero de diez con una carretilla llena de botellas vacías. Prefirieron el vagón del fondo que siempre estaba casi vacío.
El viejo los miró de reojo y pensó sumido en su más profunda confusión: ”Seguramente no me hablarán. Deben creer que sé todo lo que podrían decirme. Están muy equivocados, desearía que piensen que no sé nada y que me cuenten sus historias. Que partan de cero, como si realmente yo no supiera nada. Quisiera decirles que estoy ansioso por escuchar sus historias y sus anhelos, pero no me animo, tengo miedo de que me digan exactamente lo que no quiero oír“
En el segundo tramo cambia el paisaje. Las vías se alzan sobre un terraplén de dos metros de altura, se alejan del rio y cortan por el medio un barrio obrero de bloques apretados sin espacio de por medio. Ropa colgada de los balcones, niños que juegan en las áridas calles de tierra y cables entrelazados de poste a poste. El convoy redujo la velocidad para que el temblor de su andar “no perjudique la estructura de los núcleos habitacionales”, como reza la resolución municipal al respecto.
El hombre, apoyado en el frío panel metálico del vagón, abrazó su instrumento y quedó de pie frente al viejo. Pelo largo y barba corta. Capote negro hasta las rodillas, bufanda jaspeada, pantalón de frisa y borceguíes. Esbozó una cálida sonrisa, extrajo el contrabajo de su funda, tomó el arco que colgaba de su cinto, afinó las cuerdas por cuartas ascendentes y arrancó al contrabajo los sonidos grave más sublimes que nunca se hayan escuchado dentro de un furgón de cola. Como si el hombre lo supiera, su música espontánea complementaba perfectamente a la balada que el viejo había improvisado. La misma cadencia. Un acompañamiento preciso e inesperado.
El joven militar se descubrió la cabeza, apretó el birrete bajo el brazo izquierdo y desabrochó el botón del cuello de su chaquetilla. Porte elegante, hombros anchos, mirada serena. De pie, en la correcta posición militar de descanso, mantuvo el equilibrio con sus piernas abiertas mientras contemplaba la escena. Alternó su mirada entre los pasajeros: el viejo, el hombre y el niño. Observó que los tres tenían algo común en sus ojos, quizás el color, quizás el brillo. Se distendió, disfrutó de la música, se le escapó un suspiro y por un momento olvidó la milicia. Golpeó sus dedos contra la pared y con los pies siguió el ritmo de la melodía.
El niño vagabundo amarró su carrito con una delgada soga de cáñamo, acomodó las botellas para que no se rompieran con el trepidar del vagón y se sentó en el piso cerca de los otros. Los dedos de los pies se escapaban por el frente de las zapatillas, el pelo sucio, la cara manchada, un suéter de colores sobre otro suéter y sobre otro. Frotó las manos frías hasta hacerlas entrar en calor. De la única botella que no estaba vacía, tomó del pico un sorbo de agua, miró a sus compañeros de viaje, les regaló una sonrisa y tarareó la melodía con su voz angelical. Cómo si la conociera.
El tren se detuvo en la segunda estación. Nadie bajó y nadie subió. Por milagro, la magia continuó viva.
Durante el tercer tramo, el panorama cambia abruptamente. Lujosos edificios de departamentos proyectan su sombra unos sobre otros. Balcones floridos, árboles frondosos en las impecables veredas, automóviles en permanente movimiento y poca gente a pie por las calles. Algún paseador de perros con tres o cuatro ejemplares de raza. Plazas pequeñas, limpias, pintorescas y vacías.
Entre la segunda y tercera estación retomaron la interpretación con gran algarabía. El viejo, entusiasmado, se puso de pie y con manos ágiles dirigió a los músicos, mientras cantaba a viva voz la improvisada letra de la canción. El hombre hacía sonar el violonchelo cada vez más fuerte hasta llegar a notas insospechadas, el joven golpeaba sus manos contra la pared de acero y bailaba como poseído, mientras que el niño tarareaba la canción a gritos y hacía tintinear las botellas con un palito de madera.
El furgón de cola se sacudía alegre al final del convoy. La estridente música del cuarteto se sumaba a las vibraciones del coche, o viceversa. Desde afuera, un grupito de niños que jugaban cerca de las vías, extendieron sus brazos en señal de saludo, con las manos abiertas plenas de calidez y aliento.
Los cuatro intérpretes descargaron sus energías hasta quedar agotados, rieron a carcajadas y al llegar a la tercera estación descansaron.
En el último tramo, los edificios de viviendas dan lugar a inmensas moles de cristal donde se aglomeran oficinas y trabajadores. Sin plazas ni vegetación, tránsito limitado, calles impecables y docenas de carteles indicadores en las esquinas. Empleados de traje moviéndose nerviosos con portafolios negros, anteojos oscuros y teléfonos celulares. Algunos hambrientos desposeídos contrastaban esparcidos en callejuelas laterales.
Nadie bajó y nadie subió. Acomodaron sus bártulos y se sentaron los cuatro juntos, en rueda, en un extremo del furgón.
Sin que los otros lo esperaran, el niño rompió el silencio y contó algunas referencias de su vida. Les habló de su familia desmembrada, de sus hermanos pequeños, de las morisquetas en las esquinas para mendigar un peso y del inútil tráfico de botellas vacías. Les contó a los mayores, de igual a igual, como se le escapaba su infancia de las manos. Les habló de sueños felices, de realidades tristes y de esperanzas truncas.
El niño miró al joven y le dijo – Quizás cuando crezca pueda ser soldado, ¿Crees que será posible? -
– Por supuesto, solo es cuestión de proponérselo – le contestó, curvando las cejas y apretando el puño en señal de “vamos, si que se puede”. Al niño le brillaron los ojitos redondos y abiertos.
Luego tomó la posta el joven y les narró episodios de su niñez carenciada. Les contó como halló en la vida militar la contención que necesitaba. Habló del compañerismo, del orden, de la lealtad y del deber. Tenía hambre y encontró alimento, estaba solo y conoció amigos, tenía miedo y descubrió el coraje. Ahora, con más fuerzas, se sentía capaz de forjar su destino.
Miró al hombre hacia su derecha y le dijo - Quizás algún día pueda dejar la milicia y dedicarme a la música, ¿Usted cree que podré?
- Con el ritmo con que has seguido la música, no me queda duda que podrás hacerlo -, le contestó dándole ánimos. El joven sintió que se le salía el corazón por la boca de alegría.
Luego habló el hombre de su infancia necesitada y de su juventud en la guerra. Les contó de su esfuerzo por salir adelante, del sacrificio y de la satisfacción del deber cumplido. Les habló de su mujer y de sus hijos, del amor y del orgullo. Le mostró al viejo una foto de su familia y éste la tomó entre sus manos y se quedó mirándola fijo.
- Me inspira el deseo de mantener decentemente a mi familia y cuando llegue el momento, tener una vejez digna – dijo el hombre y le preguntó al viejo - ¿Usted cree que será posible? –
-No sé. A mí la vida me jugó duro. De niño me castigó la miseria, en la milicia me enfrenté a la guerra y de hombre no supe encontrar mi camino. Yo también hubiera deseado ser músico, pero no pude, me quedé en el intento. No fui capaz de enfrentar los reveses y ahora, a los setenta, ya es tarde.- contestó el viejo.
-¡No es tarde! – respondieron los otros tres al unísono, como si hubieran practicado la respuesta. Se miraron entre sí sorprendidos por la casualidad y sonrieron. En ese preciso momento, el tren cambió de vía y se sacudió bruscamente. Finalizaba el viaje.
Al llegar a la estación terminal, se despidieron furtivamente. El niño, el joven y el hombre bajaron del tren y se fueron uno para cada lado. El viejo quedó solo en el vagón, acurrucado con sus pensamientos.
La terminal de trenes, altísimo galpón metálico, se alza en el centro exacto de la gran ciudad. Los molinetes controlan la llegada y salida de los pasajeros. Nadie se preocupa por desalojar a los pordioseros que se quedan a bordo de la misma formación en la cual llegaron. Un ramillete de hombres, mujeres y niños que mendigan exhibiendo sus pesares o que simplemente encuentran un lugar para pasar el día.
Nadie subió al vagón sin asientos y la formación inició el recorrido de regreso. Primera, segunda, tercera y cuarta estación. Al llegar al punto de partida el tren se detuvo, el vagón vacío quedó fuera del andén y el viejo debió saltar a tierra con su artrosis a cuestas y su bicicleta imaginaria.
Deambuló el resto del día. Habló solo, como siempre. Al caer la noche, tendió una manta sobre el duro banco de la plaza y se acostó boca arriba. Para paliar el frío metió las manos en los bolsillos de su chaqueta verde oliva y descubrió que no había devuelto al hombre la foto de su familia. La observó detenidamente, la apretó contra el pecho y una lágrima furtiva rodó por su mejilla y humedeció la barba desprolija.
Con el anhelo de volver a viajar en el furgón de cola, el viejo se durmió a la intemperie, mientras los trenes nocturnos distanciaban cada vez más su recorrido.

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